Lactancia: Un regalo para toda la vida

Almuerzo en el parque.

Este post lo inicio con una referencia al libro del pediatra Carlos González (soy fan) porque fue el que me leí mientras estaba embarazada. Me lo recomendó una amiga y me fue muy bien.

Durante el embarazo desde aproximadamente el cuarto mes me empezó a salir calostro del pecho. Hasta ahí buena señal.

Tenía claro que quería dar el pecho. Mi madre me amamantó exclusivamente hasta los 9 meses, lo cual en su día fue una excentricidad, pero ella siempre me lo contó con orgullo. Sabiendo todos los beneficios de la lactancia materna, tenía que intentarlo como fuera por mi hija.

Total, que nació la peque como os dije e inmediatamente me la empezaron a poner al pecho. Pero entonces, oh sorpresa, yo pensaba que esto era fácil. En mi caso no lo fue. Yo era novata y la peque también. Además la pobre nació con un poco de tortícolis, de modo que depende de cómo la girara le dolía.

La leche tardó en subirme dos días y medio. En realidad no es mucho supongo. Pero el periodo mientras no bajaba fue horrible.

En primer lugar, porque como os digo, le costaba engancharse. Las enfermeras del hospital me ayudaron, pero algunas mostraban una delicadeza mínima. Te agarraban el pezón y lo estiraban a lo loco y empujaban la cabeza del bebé que gritaba a la fuerza. Mirando atrás me parece contraproducente. Yo perdía los nervios y el bebé también. Recuerdo pensar ¿se supone que esto es bonito?

Para ayudarme con la subida de la leche, me trajeron un extractor. Recuerdo que salieron 12 mililitros de calostro en apenas 15 minutos, algo que asombró a las enfermeras. Se lo dimos entre una enfermera y yo “engañándola al pecho”, como si estuviera mamando pero la enfermera se lo iba soltando con una jeringa.

Por la noche lo volví a intentar hacer, pero había una enfermera no tan amable. Puso el grito en el cielo diciendo que a ella lo de la jeringa no le parecía bien, y que la “dosis” de alimento para un recién nacido era de 20 y que si salían 12 de calostro ella complementaría hasta los 20 y se lo daría en bibe.

Yo dije que ni hablar, nada de bibe (para evitar el síndrome de confusión del pezón) y además recordaba del libro y lo que me había informado que el calostro tiene multitud de nutrientes. Esta mujer qué sabía si mi calostro quizá con 5 ml era mil veces más potente que 20 de fórmula.

Total que fui haciendo con la ayuda de las enfermeras más predispuestas e ignorando a las que lo estaban menos. Cuando salimos del hospital a las 48h la peque se enganchaba de aquella manera, pero por lo menos yo ya sabía lo que era un buen o mal enganche y me daba seguridad. El problema fue que al llegar a casa la peque había salido del “letargo” del recién nacido y tenía hambre.

Fue entrar por la puerta y mi bebé plácido empezó a llorar a lo bestia. No paraba. La acercaba al pecho, se agarraba, pero aún no había leche y venga a llorar, venga a llorar. Después de 8 horas así, llorando literalmente sin parar, llamé al hospital. Me pidieron que le tomara la temperatura, estaba a 37, prefebril. La enfermera que me atendió (de las super amables) me dijo que lloraba de hambre y que fuera hacia allí que me ayudaría.

Yo estaba histérica. Esto de la lactancia estaba resultando ser más complicado de lo que pensaba. Después de hablar un rato con la enfermera me explicó que parte del problema podía ser que a estas alturas la peque estaba tan hambrienta que al estar desesperada no podía calmarse para engancharse bien y comer. Me dio un par de bibes con suplemento y me explicó lo siguiente:

– Ahora al llegar a casa le das uno con 20 ml

– Cuando vuelva a tener hambre, le ofreces pecho primero (SIEMPRE pecho) y sólo si se desespera le das suplemento

– Mucha paciencia y tú ser más testaruda que ella. Siempre el pecho primero, o un poco de suplemento lo justo para que se relaje y luego intenta el pecho

Me daba terror el bibe por lo del síndrome de confusión del pezón, pero al llegar a casa y empezar a llorar la peque, no aclarándose con el pezón, le di el primer suplemento. Se calmó instantáneamente y durmió plácidamente cuatro horas.

Al volver a despertarse con hambre, le ofrecí el pecho. Creí notar que la leche ya empezaba a subir, me notaba febril y los pechos hormigueantes. Pero ella todavía no se aclaraba. Le di otro de suplemento cuando ya estaba llorando a rabiar otra vez.

Pensé que tenía que relajarme porque ella no podía hacerlo por mí. Recordé todo lo que había leído en el libro de Carlos González. Yo podía lograrlo, mi cuerpo estaba diseñado para esto. Hablé con una amiga que daba el pecho que me dijo que tuviera paciencia y confiara en mí. Me sugirió que por qué no probaba distintas posturas a ver si funcionaban mejor. Así lo hice, busqué por internet distintas posturas y fui probando.

Al final logré siguiendo un poco el instinto, a solas en la habitación iluminada con luz ténue, que se enganchara ambas estiradas y estaba contentísima. Cuando se lo dije a mi madre o al médico, para mi sorpresa llegaron las críticas: que si la podía aplastar, que si se tenía que acostumbrar a la postura “normal” desde ya para que yo estuviera cómoda, que si le iba a dar un ahogamiento por broncoaspiración (esto último dicho por una señora pediatra con un par de narices), etc.

Recuerdo sentir miedo ante estos comentarios pero hacer oídos sordos. Yo había visto esta postura como buena en las páginas web y en el libro. Mi hija estaba mamando por fin como una jabata y la sensación era maravillosa. Las dos estábamos cómodas, las dos estábamos bien. Sólo necesitábamos tiempo. Y así fue.
Durante el primer mes sólo logramos amamantar tumbadas. A partir de entonces que su espalda ya estaba más fuerte y su cabecita se aguantaba más, fui poco a poco inclinándome más y más, hasta que un mes más tarde ya sabía mamar conmigo sentada. Desde entonces ya mamó de todas las formas (yo de pie, etc.).
El poder dar de mamar en otras posturas me liberó. Ahora podía dar el pecho en cualquier parte. Me daban igual las miradas de incomodidad de mi madre, que no aprobaba que amamantara en público (son de otra generación).
Recuerdo una anécdota, una de las primeras veces que di el pecho en el parque sentada en un banco. No había mucha gente y estaba tan tranquila haciéndolo al sol de invierno con mi madre al lado, que insistió en taparme “un poquito” con el foulard para “no hacer un espectáculo. Por contentarla dije que vale. Acabé cubierta literalmente entera como si llevara un burka. Imaginad la escena. Una figura fantasmal cubierta por un foulard verde con flores estampadas grandes en rosa florescente. Yo diría que aquello llamaba más la atención. Además no veía una torta. Me lo quité y nunca más me he tapado.
No me malinterpretéis, no voy por la calle gritando “aquí estoy yo dando de mamar, MIRADDDD”. Pero si tengo que dar el pecho lo hago y punto. Mi hija tiene hambre, ella va primero y dar el pecho no es nada malo. Hemos llegado a un punto en que el pezón y los pechos de la mujer están tan sexualizados que verlos cumpliendo su función natural les parece abominable e incómodo a demasiados.
Como os contaba, los inicios fueron complicados, pero mi lactancia con la peque ha resultado ser un éxito. Doy a demanda, sin horarios, siempre que lo pide, no sólo por hambre, también para calmar berrinches, para abrazarnos mientras se duerme, etc. Es maravilloso. Cuando traga poquito a poco. Cuando me da la mano mientras mama. Cuando se separa un segundo para regalarme su sonrisa llena de leche. Cuando la pesan en el pediatra y va aumentando de peso sana y fuerte y pienso que todo ha salido de mi cuerpo, capaz del milagro de su vida y de mi alma inundada de amor hacia ella.
En mi caso lactancia no es dar alimento sólo, siento que le doy todo lo que tengo y también lo que no tengo.
Cosas que tengo que oír continuamente a pesar de ser feliz:
– ¿Se despierta por la noche? Eso es porque la leche les deja con hambre. Si le dieras biberón dormiría del tirón.
– Te usa de chupete: Señora, el chupete se inventó DESPUÉS del pezón para sustituirlo, y créame, demasiado a menudo lo consigue (mi hija ni quiere ni usa chupete)
– Hace nada que le has dado, no puede volver a tener hambre: ¡qué manía con los horarios! Y si tiene otra vez hambre: ves, es que no le alimenta suficiente la leche, tendrás que complementar con biberón.
– Los bebés tienen que acostumbrarse a hacer tomas completas (un pecho entero como mínimo). Si no lo hacen los retiramos a los quince minutos y no les ofrecemos otra vez hasta pasadas como mínimo dos horas, para que entiendan que cuando se come se come y no se está por otras cosas: De hecho, esto lo dijo una pediatra con su enfermera asintiendo al lado en una reunión de apoyo a mamis nuevas en el ambulatorio. Sin comentarios.
Esta es un poco a grandes rasgos mi experiencia. ¿Cómo fue la vuestra?
Por cierto, otro libro que me ha encantado es el de la Liga de la Leche, El arte de Amamantar. Os lo recomiendo.

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