No salen las cuentas

De entrada me gustaría decir que esta crítica, como cualquier otra que pueda hacer en mi blog, no es un ataque, si no una invitación a la reflexión respecto de cosas que en la sociedad están totalmente asumidas como automáticas.

Todxs sabemos que lxs bebés necesitan presencia, contacto, cariño. Pero a menudo me sorprendo porque hay padres que se quejan de lo demandantes que son sus hijxs y de la cantidad de contacto físico que exigen (en realidad, un bebé sano necesita los primeros meses el mayor contacto posible), y relatan todos los esfuerzos que hacen en que se acostumbre a tener “su espacio” (mejor dicho, que se acostumbre a no invadir el espacio de los padres), por ejemplo con chupetes, mantitas, peluches, hamaquitas, cunas, moisés…

De este modo sabemos que un día tiene 24 horas. Estos padres por supuesto trabajan, un mínimo de 8 horas, y tienen que desplazarse al trabajo, así que añadimos una hora más. Ya sólo nos quedan 15 horas.

De estas 15 horas, los bebés, especialmente los más pequeños, pasan muchas durmiendo, quizá 12, pero para ser conservadora voy a poner diez (y soy consciente de que me quedo corta). Por supuesto estos bebés que “tienen su espacio” están en su cuna, muy a menudo en otra habitación, sin contacto ni siquiera auditivo.

Ahora nos quedan seis horas de posible contacto. Pero hay que salir a pasear, que nos tiene que dar el aire fresco a todxs después de un largo día en la oficina para unxs y en la guardería para otrxs. Ponemos dos horas más, que por supuesto transcurren en el carrito. Nos quedan cuatro horas de posible contacto.

Cuando estamos en casa, tenemos que hacer cosas. Hay que tener tiempo también para relajarse, y el peque directo a la hamaquita o al parque, con restricción de movimientos, si tiene suerte le irán diciendo cositas a un par de metros, si no, con la tele basta. ¿Una hora más?

Nos quedan tres horas posibles de contacto, mucho del cual tiene que ver con actividades que muchas personas tratan como meras rutinas que hay que llevar a cabo y no como oportunidades de afecto. Hablo por ejemplo de un cambio de pañal o el momento de vestirse.

Si el bebé mama quizá aunque viva en una familia donde le den “su dichoso espacio”, sí que tendrá ratitos en que al menos notará la piel de mamá sobre la piel de su mejilla. Si toma biberón, a no ser que se lo dé alguien que sepa hacerlo de forma respetuosa, ese contacto también se nos escapa.

En muchos casos apenas me salen dos horas de dedicación pseudoexclusiva al peque. Dos horas, de 24 que tiene un día, es apenas un 8,3% del total del tiempo diario.

Creo que con este panorama valdría la pena que los “espacios” de madres, padres y bebés se unieran más a menudo… Y quizá no está de más hacer pedagogía: el lugar de un bebé es el cuerpo de alguien que le quiera.

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